La sala de espera
Hace un calor sofocante en la sala de espera. No porque sea verano y estemos en alerta roja, no. Uno de los vecinos ha instalado aire acondicionado y ha dejado el armatoste que refrigera en el patio interior. En consecuencia, el calor generado se cuela dentro de la sala, lo que obliga a tener las ventanas cerradas.
Dentro esperamos ya unos cuantos, tanto adultos como niños. El silencio sería mortal si no fuera por estos últimos. Los niños ven la sala como un lugar inofensivo; incluso tienen algún juguete con el que poder divertirse. Los adultos, en cambio, afrontamos la situación con un semblante más serio, diría que con cierta tristeza: ninguno quiere estar ahí. Además, para nosotros no hay nada con lo que poder entretenerse, ni una mísera revista. ¿Para qué? Tenemos ya nuestros móviles, que nos dan todo lo necesario para “matar el tiempo”.
A medida que pasa el rato, nos van llamando uno a uno. Los niños ya se han ido y los adultos van entrando a sus respectivas salas, cabizbajos y en silencio, evitando cualquier cruce de miradas y avanzando a paso ligero. En mi caso me niego a mirar el móvil; me gusta observar y sentirme, de alguna manera, incómodo. Siento que quiero formar parte de ese no-lugar.
Cuando por fin me quedo solo (cosa que sucede a menudo), me envalentono, me levanto y tomo el control de la sala para evaluar lo que hay ahí: los colores de las paredes, los muebles, el logotipo de la empresa, el hilo musical, la colocación de los sofás... todo. En mi análisis siempre hay un par de cosas que me llaman la atención.
El patio interior
En primer lugar, el patio interior. Todas las habitaciones dan a un patio interior que comienza en la sala de espera. Dentro del patio se ve una suerte de jardín zen (karesansui) con un decoro increíble que está a su vez rodeado por las demás habitaciones en las que se encuentran el resto de pacientes, siendo por tanto el eje central. Me encanta la estampa: transmite tranquilidad y cercanía. Todo esto sería perfecto si no fuera por un pequeño detalle: las plantas son de plástico.
Me parece una metáfora preciosa y veo representado en ella al capitalismo en su máxima expresión. Un jardín zen que no hace falta mantener, estático, hecho de plástico y que permite que no tengas que perder el tiempo en regarlo, podarlo y mantenerlo. En su lugar, puedes dedicar el tiempo a ser más productivo, enviar algún correo o tomar notas para la próxima sesión. Todo ello mientras miras y disfrutas de la escena, perfectamente inmóvil y eterna.

Los cuadros
En segundo lugar: los cuadros. La sala está llena de ellos. La persona que los ha elegido tiene cierta sensibilidad por el arte y se nota que lo ha hecho a propósito para potenciar la sala de espera. Todos son originales y dan al ambiente bastante calidez.
Me aventuraría a decir que ninguno sigue una línea concreta. Son de varios artistas y tienen trazos y colores diferentes: una representación del Guernica muy colorida; unos cuantos de Lasse Skarbovik (del cual me declaro fan incondicional) y otros con ilustraciones muy resultonas. Esto hace que formen un todo que convierte, no solo la sala, sino también toda la oficina, en un pequeño museo.
Si me dan a elegir, diría que hay uno que destaca por encima. No porque me guste especialmente ni porque sea mi favorito. Más bien por su lectura.
Los músicos
Se trata del cuadro de “los músicos”. No sé cuántas veces habré mirado este cuadro y no sé la de veces que he tratado de contar a los músicos. En ocasiones son trece y otras doce. A veces son once y a veces vuelven a ser trece. En todas ellas les veo seguir con la mirada la batuta del director, tocando al compás y sin fallo. Veo cómo son capaces de seguir el ritmo y las notas; la armonía de una dulce música de cámara que se escucha perfectamente desde todos los rincones.
Todos menos uno.
En la zona superior, casi como si no fuese parte de la escena, se encuentra “el músico”, en apariencia y trazo igual que el resto, así como en forma y color. Simplemente tiene una pequeña particularidad: no porta ningún instrumento. Es más, hace como si tocara.
Su única misión es tratar de seguir a sus compañeros. No quiere destacar ni llamar la atención; sólo formar parte del grupo. Quiere seguir el ritmo a toda costa y no hacerse notar; no ser él quien rompa el compás y la melodía. Incluso siendo consciente de que le falta un instrumento, trata de ser como el resto.
Prefiere quedarse callado y no levantar la mano para reclamar su instrumento. No quiere que le juzguen. Prefiere que los demás sean los artífices de la música, aunque por dentro piense que la canción está a falta de síncopas y un allegro más marcado. Para él, lo más lógico sería levantarse e irse, comentar que lo ha intentado y que este no es su sitio; que la música le encanta, pero que no soporta la idea de escuchar ese cuatro por cuatro tan obvio y que la escala jónica le aburre soberanamente.

Sin yo conocerle, y ya sentado en mi sitio, reflexiono y me imagino a mí mismo con De la Canal pintando ese pequeño monigote, mientras le doy indicaciones aquí y allá. Los dos, en su estudio, en una agradable noche de verano y tras una buena cena. De fondo escuchamos Zefiro torna de Monteverdi (interpretado por Philippe Jaroussky, por supuesto). Veo cómo maneja el pincel como si fuera una batuta y mezcla el óleo como si fueran tonos y semitonos, todo ello bajo mi estricta supervisión.